martes, 2 de agosto de 2016

Amanece que ya es mucho



Hace rato que ha amanecido, aunque el sol se esconda tras un velo gris de nubes. Mañana de verano. Cae una lluvia fina, serena, vertical; una lluvia perezosa y entrecortada, como si no quisiera caer. “Hoy no me toca trabajar, pero mira, ¡qué le vamos a hacer!”
Foto: Miguel Pérez Ayelo

Son las siete y media de la mañana. La gente sale a los balcones, se asoma a las ventanas. “Vaya, ¡está lloviendo!” Ojos enrojecidos, cabellos desgreñados, miradas ausentes, bostezos; gruñidos (¿ya es la hora?) Y encima llueve. El cielo es de plomo, como mi cabeza. “Ayer hacía calor, hoy llueve; ¡esto no hay quien lo entienda!”

Uno a uno, como flores solitarias que se abren en un campo de hierba, acuden a examinar la mañana. Arrancados por el despertador de sus lechos de sábanas revueltas y sudorosas apenas dos horas después de haber ganado una cruenta batalla al calor de la noche. En camisetas de tirantes, frotándose los ojos, las bocas abiertas como pozos sin fondo; extienden la mano, miran al cielo (parece que llueve), miran al suelo (pues sí, llueve, porque está mojado), vuelven a mirar al cielo. Suspiran.

Julio en la ciudad. Mucha gente está ya de vacaciones, otros ya quisieran. Hoy habrá más trabajo porqué está lloviendo. “Ya se sabe, caen cuatro gotas y todos a coger el coche. ¡Porque esto son cuatro gotas!” Hace más calor, la lluvia humedece el aire y el bochorno deja un ambiente espeso y caliente que se adhiere a la piel como un amante primerizo y desesperado.

Son las ocho. Más flores adormecidas se abren en balcones y ventanas, se asoman a las calles y los patios de manzana. Se observan entre sí: caras sin nombre, cotidianas y conocidas, compañeros silenciosos a distancias inamovibles, infranqueables. Todos se desperezan, bostezan, miran al cielo, miran al suelo. Suspiran. En días como hoy debería estar prohibido trabajar. Ni siquiera la lluvia quiere hacerlo.

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